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Todo el verano en una noche

Sucedió durante una de las muchas noches cálidas de verano que compartimos en Santa Marta. Tan aburridos como estábamos y teniendo la playa cerca, el deseo de caminar descalzos sobre la arena sin quemar las plantas de nuestros pies sonaba como una experiencia divertida en la que participar. Siendo así como hicimos arreglos para una breve escapada nocturna.

Lo teníamos todo planeado cuando llegaron nuestros amigos. Su vehículo no era muy atractivo, siendo esta vieja camioneta de estilo hippie que olía a grasa y tabaco. Sin embargo, escuchar el sonido de la música de cumbia golpeando fuerte desde su estéreo me hizo ignorar el hecho.

Yo lucía una camisa casual con un par de shorts rotos, porque mi novio no me permitía ser vista en bikini por otros. Tan celoso como se ponía cada vez que alguien se atrevía a mirarme, era de esperar.

Sin embargo, él no podía resistirse a mostrar sus pectorales bien definidos a ningún ojo que estuviera dispuesto a ver. Exudaba un aire arrogante, como el de un deportista de secundaria. Pero yo podía mirar a través de su absurda sensación de confianza, sabiendo lo blando que era en realidad.

Estaba haciendo todo lo posible para no hacer obvio que estaba inspeccionando a fondo mi escote. Mas sus ojos errantes lo delataron con bastante facilidad. Me senté entonces sobre sus piernas mientras él me tomaba por la cintura, abrazando mi cuerpo con el toque de sus manos.

Y así partimos, avanzando por un camino ancho, cantando y riendo con el resto. Decíamos toda clase de tonterías que nos venían en mente, al tiempo en que tomábamos tantas fotografías como nos permitiera nuestra Polaroid. Nos gustaba creer que éramos adultos jóvenes muy retro.

A nuestra llegada, un par de nuestros acompañantes no pudieron resistir sumergirse en el agua. No les importaba mojar la ropa que llevaban puesta. Aunque otros, con un poco más de prudencia, se cambiaron rápidamente a sus trajes de baño y comenzaron a nadar de manera similar. El resto de la compañía tuvo que extender las carpas, colgar las hamacas y preparar la fogata. Al fin y al cabo, alguien tenía que preparar el lugar para nuestra furtiva escapada de verano.

Pero mi novio y yo teníamos planes diferentes, logrando dejar a todos atrás para un paseo privado.

Nos movimos hacia un área apartada, a pocos metros del campamento principal. Y, tomándome de la mano, nos encaminamos felizmente por la orilla del mar, maravillados ante la belleza de las estrellas, la luna y el océano.

Fue entonces cuando él se detuvo repentinamente, tomándole menos de un par de segundos para cogerme por la cintura y hacerme girar en el aire. Instintivamente, colgué mis piernas alrededor suyo y, tomando su rostro en mis manos, lo besé, manchando su boca con mi lápiz labial carmesí.

Después jugamos el uno con el otro con amplias sonrisas en nuestras caras hasta que nuestros cuerpos cayeron en la arena, producto del agotamiento eufórico. Descansé mi cabeza sobre su pecho para permitirle acariciar mi cabello y así nos susurramos las cosas más indecentes. Saboreábamos aquel momento juntos con gran romance y sutil promiscuidad.

Nos perdimos tanto en la serenidad del momento que no pudimos percibir las primeras gotas.

Inicialmente, cayeron lánguidamente; con el tipo de timidez que apenas coqueteaba con nuestra piel. Pero esas caricias inocentes eran tan solo un artificio, pues su aparición indicaba claramente la aproximación de la lluvia.

Me puse de pie instintivamente, suponiendo que ambos volveríamos con el resto. Mas él me tomó del brazo, pidiendo: “Quédate un poco más”.

Lo miré algo confundida, tratando de entender su propósito. Y mientras lo hacía, permití la vacilación suficiente para sumergirme en una lluvia difusa pero copiosa. Y fue así como me fue imposible regresar, obligada a abrazar a mi chico para protegerme.

Mas recuerdo que, al permanecer ambos debajo de una palmera, miré a mi alrededor y me fui hiptotizando con el rocío mágico que se extendió por la arena y los árboles de hojas perennes. Inclusive el mar parecía crecer en belleza con la luna brillando en el horizonte.

Y de repente lo vi.

Él había estado observándome con sus luminosos ojos azules y su característica sonrisa de pilluelo, al tiempo en que su bonita cara se derretía en el agua. El momento me pareció tan precioso que no tuve más remedio que admitir en voz alta: “Me siento maravillada por todo lo que veo”.

Y, habiendo dicho aquello, él me obsequió uno de sus besos.

Él rozó mis labios con gran delicadeza, extendiendo suavemente su esencia y recordándome cuánto amaba robarme el aliento. Mientras que sus manos, tan imprudentes, adornaban mi piel con cada uno de sus toques. La lluvia bautizó nuestros cuerpos y sentíamos una llama de pasión ardiente correr por nuestra sangre.

No fue hasta que dejó mi boca por un momento que decidió calladamente decir: “Eres todo lo que siempre he querido”, para luego volver a apoderarse de mí en un contacto físico más íntimo.

Todo lo que sabía entonces y todo lo que sé ahora es que estaba feliz de ceder ante ese sentimiento.

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