ES

Si pudiera quedarme

“Por favor, no me dejes”, ella le rogó, con cada parte de su alma en las palmas de sus manos. Sabía que iba a suceder sin importar sus súplicas, pero la intensidad de sus sentimientos la obligó a realizar una solicitud de última hora.

Él la vio con ojos tristes y cansados, haciendo todo lo posible por contener las lágrimas. Era un muchacho muy sentimental, cosa que se sentía como una maldición en lugar de una bendición la mayoría de las veces.

Pero ella podía mirar más allá de su falsa media sonrisa, asegurándole con ello que a salvo en sus brazos él estaba. Y, siendo así, ella le acarició la piel suavemente, diciendo, sin necesidad de palabras, que estaba bien llorar.

A lo cual, tomándola por la cintura en un abrazo muy sincero, él sollozó. Sintió que la calidez de su cuerpo era un fiel testimonio de la confianza que tenía en ella. Y, como él, no pudo evitar por mucho tiempo que sus propias lágrimas cayeran por las mejillas sonrosadas pintadas en su rostro.

Eran toda una imagen para la vista al estar allí de pie, a lo largo de las vías del tren.

Juntos permanecieron, por lo que parecío incontables horas en cuestión de pocos minutos, abrazando al otro; ninguno deseando dejarse ir. Pero su reloj de bolsillo seguía marcando y la cercanía de su hora de partida se tornaba cada vez más alarmante. Supo entonces que ya no podía darse el lujo de ignorar el tiempo.

Él fue el primero en alejarse del hechizo encantador que sus cuerpos creaban al tocarse. Y con aquel desprecio toda la magia captada se desvaneció. La miró luego con ojos sombríos, deteniéndose ante cada palabra que intentaba pronunciar. Vagamente en sus cabezas rezonaba la idea de quedarse sin que decir.

Su cuerpo comenzó a alejarse de la imagen de ella, dando pasos en camino a su destino. Ella se mantuvo estática en la dirección opuesta. No quería ver partir a su amante. Ya era demasiado doloroso sin la necesidad de una vista.

Él tampoco voltió su mirada para verle. Estaba resuelto en su decisión de irse. Después de todo, su suposición era que él sabía que era lo mejor en relación a estas cosas.

Como tal, continuó rechazando sus verdaderas emociones y obligó la proliferación de pensamientos positivos entre su nublado juicio. Sin embargo, podía sentir que fallaba ante semejante esfuerzo. Todo en lo que podía pensar era en ella. Su chica. Su Annie.

Subió a su tren dando una última mirada a las cosas de las que debía partir. Pero su principal deseo era verla por última vez.

Ella se quedó allí, sin dejar de mirar el horizonte, devolviéndole la espalda. Lucía tal como la había dejado. La tristeza que le había impuesto era palpable. Tan vívido a sus ojos como cualquier luz.

Y ahí fue cuando todo aquello lo golpeó.

No podía irse. No así. No sin ella.

Mas no podía volver a ella ni llevarla consigo. Esta no era una fácil elección y él debía decidir rápido qué hacer antes de que el tren partiera.

Pero todo lo que la pesadez de su corazón le permitió decir fueron las palabras: ‘si pudiera quedarme’.

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