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La maravilla en nuestras estrellas

Los objetos astronómicos que denominamos estrellas son esferoides luminosos cuya materia se mantiene unida a causa de su propia gravedad. Y, exceptuando nuestro Sol, su visibilidad solo se hace perceptible durante la oscuridad de la noche. Siendo entonces que la mayoría de ellas lucen como puntos brillantes fijos en el cielo, carentes de la abstracción de las pinturas de Van Gogh.

Mas es gracias a su notable lejanía que las estrellas que vemos se tornan en objetos intangibles, imposibles de ser tocados por las manos humanas. Característica que les otorgó, como tal, un estatus de divinidad durante la juventud de nuestro discernimiento.

Pero prontamente caímos en cuenta que su aparición en el cielo, fuera de ser un acto de misticismo, se presentaba en conjuntos que podrían ser útiles para guíar nuestras travesías. Tan importantes se volvieron, de hecho, que a dichas agrupaciones les otorgamos la virtud de un nombre propio: constelaciones.

Y fue entre las muchas miradas que les robamos a las estrellas que nuestros conocimientos incrementaron, poniendo en segundo plano su estatus como entidades orientadoras. Pues, si ya sabíamos que estaban allí, era tiempo de entender el porqué.

Y fue entonces que buscamos su origen, su razón de ser y, finalmente, quienes son.

Hasta ahora, nuestras investigaciones nos han llevado por el buen camino, pero todavía tenemos un largo tramo por recorrer. Digamos un par de años luz. Quizás aún más. Lo cual es comprensible, porque las estrellas que estudiamos están muy alejadas de nuestro insignificante rincón cósmico.

Ni siquiera el Sol, la estrella madre por excelencia, está cerca. Este simplemente se encarga de cuidarnos de lejos, como temeroso de que su proximidad nos pudiese envolver en un mar de llamas (lo cual, creedme, seguramente sería el caso).

Mas es la apreciación lejana de estos cuerpos celestes lo cual nos recuerda que allá afuera hay objetos más grandes de lo que somos y alguna vez llegaremos a ser. Y, si bien son hostiles, estos no pueden evitar saturarse de una belleza inmensa. Del tipo que pacientemente aguarda el aprecio de ojos expectantes en busca de los secretos de la vida misma.

Y siendo así, mientras tengamos un sin fin de preguntas agrupadas en nuestras pequeñas mentes, continuaremos mirando al cielo cada noche, con la maravilla dibujada en el rostro y aprecio palpable ante la infinidad del Cosmos.

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