ES

Somos Materia Estelar

Hace unos 13.8 miles de millones de años, todo lo que conocemos se formó justo después de uno de los mayores eventos de la historia universal: una singularidad a la que cariñosamente denominamos el Big Bang.

¡Y vaya que fue todo un bang!

Aunque me temo que fuimos incapaces de apreciar tan tremenda ocurrencia, ya que, dada la juventud universal, no existiamos.

En absoluto.

A decir verdad, ni siquiera estábamos escritos dentro de los caóticos “planes” del floreciente Cosmos. Tan pequeños como somos, es de esperar que nuestra relevancia en la escala universal sea igualmente pequeña.

Pero tal estado inmaterial en el que nos encontrábamos habría de cambiar. Y todo gracias a ellas:

Fotografía de una región estelar.

Mas un cierto tiempo habría de pasar previo a la aparición de éstas. Y durante dicho tiempo, el Universo se mantuvo entretenido jugando con la fábrica del espacio-tiempo y las cuatro fuerzas fundamentales. Y así fue durante millones de años. Millones en los cuales se suscitaron toda clase de situaciones alocadas.

Afortunadamente, el Cosmos entraría en razón y, dejando sus niñerías de lado, este fue capaz de dar vida a los componentes primarios de la existencia: los átomos.

Tales átomos iniciales se configuraron en patrones interesantes, creando los primeros elementos conocidos. Y serían estos elementos los que darían origen a nuestras estrelladas amigas.

Fotografía de una región de formación estelar masiva.

Y fue así como se forjaron las primeras estrellas conocidas del Universo. Basadas en un conjunto de hidrógeno, helio y litio, su combinación estaba destinada al éxito cósmico desde el principio.

Después de todo, estos elementos no perdieron el tiempo y rápidamente convirtieron toda la materia estelar en máquinas químicas, capaces de mezclar nuevas combinaciones atómicas en un vasto y rico brebaje elemental.

El método que emplearon, para tal efecto, fue la fusión termonuclear, pues este les permitía alcanzar los niveles de presión necesarios para la fabricación triunfante de todo tipo de elementos nunca antes vistos dentro del Universo.

Fotografía de una región de formación estelar.

Sin embargo, pese a la belleza detrás de tan arduo proceso, un problema acechaba en el horizonte. Uno cuya presencia se tornaba más apremiante con cada nueva creación hecha dentro de nuestras amigas.

Pues los elementos que forjaron estaban contenidos en los núcleos estelares, incapaces de escapar pero con la necesidad de ser liberados. Y eso nos obliga a cuestionar: ¿cómo podría el Cosmos empaparse de riqueza elemental si toda ésta se mantenía confinada a un cuerpo estelar?

El asesinato no era una opción en ese entonces. El Universo no deseaba ensuciarse las “manos” con un acto tan despiadado.

Fotografía infrarroja de la “mano de Dios”, también conocida como el pulsar PSR B1509-58.

Por lo cual, amaneció la idea en las mentes de nuestras estrelladas colegas que la mejor decisión que habrían de tomar era suicidarse.

Un acto que evitaron pensar en demasía, porque, a manera de corazonada, ellas sentían que esto era en beneficio del bien mayor.

Así, al cabo de lidiar con la suficiente cantidad de procesos energéticos en sus centros, casi todas las estrellas en el Universo temprano explotaron, matándose instantáneamente en el proceso.

Fotografía de una nebulosa, rodeada de estrellas.

Y dado el alcance y la magnificencia de sus explosiones, estas estrellas no serían fácilmente olvidadas en el vacío universal. Las partículas que alguna vez les componían viajaron durante millones de años por todo el Cosmos, esparciendo su enigmático aliento de vida estelar en cada esquina.

Como polvo de estrellas se movían. Y, de vez en cuando, se reunían en paquetes desbordando los elementos que habrían de permitir la formación de cosas completamente nuevas en el Universo.

De estos alborotos primordiales, surgieron enormes galaxias, cuyos tamaños que permitieron tener millones y millones de estrellas dentro de sí. Y estas estrellas galácticas ejercerían la fuerza gravitacional necesaria, dentro de sus respectivas regiones, para incitar la formación de planetas.

Fotografía de una galaxia espiral barrada.

Como tal, luego de 7 u 8 mil millones de años de enriquecimiento cósmico, en un brazo irrelevante de una galaxia espiral insignificante, una estrella promedio se rodearía de 8 planetas diferentes. Y, por gravedad, estos permanecerían fijos en órbita contra la inmensidad del Cosmos.

Y uno de esos 8 planetas sería el punto azul pálido que llamamos hogar. Un nombre apropiado, porque es aquí donde brotamos. Creciendo y desarrollándonos desde entidades microscópicas hasta simios con grandes cerebros e ideas graciosas.

Y fue gracias a estos dones evolutivos que llegamos a estudiar el Universo, aprendiendo poco a poco sobre él y descubriendo pieza por pieza todas sus maquinaciones y obras.

Impresión artística del movimiento de los planetas en nuestro sistema solar.

Pero ninguno de estos magníficos acontecimientos habría sido posible sin el sacrificio de esas estrellas iniciales, que valientemente entregaron sus vidas para imbuirnos del polvo que forma la nuestra.

Así que esta noche, si está afuera, pose su mirada sobre el cielo nocturno y busque al menos una estrella. Y que esa estrella sea un recordatorio del hecho que somos una de las muchas formas en que el Universo expresa su magnitud y habla sobre la infinidad de su trascendencia.

Después de todo, sin importar nuestras diferencias, todos y cada uno de nosotros, materia cósmica, estamos hechos exactamente de lo mismo.

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