ES

Un caso sobre el ser

“¡Orden! ¡Orden en esta corte, por favor!” exclamó la Honorable Jueza, la Srta. Racionalidad, mientras presionaba su martillo contra la dura superficie del mesón de madera. Ella no era del tipo que perdía los estribos fácilmente, pero todo este ‘alboroto sentimental’ estaba empezando a causarle un tantico de ‘exasperación’.

Por fortuna, al sonido de su imponente voz y comando, todos los sentidos, emociones y sentimientos, así como las experiencias y recuerdos, comprendieron que era hora de dar comienzo al juicio.

Y, dejando de lado las ‘respuestas emocionales’, nuestra Honorable Jueza retomó la palabra y con una disposición solemne pronunció su discurso: “Entiendo que todo el mundo tiene mucho que decir sobre el asunto en cuestión, pero, si lo permiten, hemos de seguir un poco de orden para resolver este caso. Gracias.

“Ahora bien, demos inicio a este juicio. Srta. Conciencia, tiene la palabra. Por favor, exprese el propósito y la intención de su demanda.”

“Muy bien, gracias, Su Señoría,” enunció la Srta. Consciencia mientras ofrecía una sonrisa irónica al jurado. Fuera de su expresionismo sardónico, ella era una mujer en apariencia gruñona, ya que en su semblante se veían reflejados el cansancio y el estrés de muchos años conscientes.

“Saludos a todos los presentes,” dijo ella, “Estoy bastante segura de que la mayoría de ustedes son buenos amigos míos (y los que no, son al menos conocidos en términos de conversación). Después de todo, soy la conciencia de la Srta. Robinson (para bien o para mal), actuando como acusadora y como mi propia abogada en el siguiente caso.

“Por tanto, estoy aquí para dar a conocer la MUY extensa lista de crímenes que la Srta. Ariana Robinson ha cometido en contra de sí misma y de la población en general. Pues tales delitos frustran su propia imagen y afectan la forma en que ella se percibe y valora como persona. Y, dado el caso, ella debe pagar una cantidad considerable de remordimiento, así como respeto y perdón, a las partes contra las que ha transgredido.”

“Me suena bien,” dijo la jueza, “entonces ¿a quién llamará primero al podio, Srta. Conciencia?”

“¡A la misma Ariana Robinson, por supuesto!” exclamó la acusadora, con cada tinte de emoción que tenía dentro. Estaba buscando sangre y la muchedumbre se dio cuenta, reaccionando con gran asombro (al menos por parte de aquellos que podían emular dicha emoción) a su acto instigador.

“Bien. Por favor, que la acusada se presente,” dijo la jueza, tratando de evitar mayores conmociones.

Y allí estaba ella, la mujer de la tarde: Ariana Robinson en persona, con un vestido gris liso adornado con nada, salvo por su sonrisa vacilante y su mirada aprensiva. La multitud en general se impresionó al silencio ante aquella vista.

Fue solo después de un momento de reflexión que la demandante rompió la quietud del momento al expresar, “Noto que estás bastante nerviosa por todo este asunto, Ariana, querida.”

“Sí, admito que este juicio está afectando un poco mis nervios,” dijo la niña con perceptible inocencia.

“No hay nada de que preocuparse, cariño. Bueno, eso es si no eres culpable de nada,” respondió la Srta. Conciencia, regalando una sonrisa engañosa.

Nuestra chica respondió con una simple pero alegre risita ansiosa. Claramente no estaba en su mejor disposición para evaluar la circunstancia que se suscitaba.

“Entonces, veamos. Ariana Robinson,” dijo nuestra dama consciente, “te haré un par de preguntas y espero que respondas con un sí o un no. ¿Entendido?”

“Sí, señora,” murmuró Ariana.

“¡Perfecto!” declaró. “Para empezar, Ariana, ¿alguna vez has manipulado conscientemente a las personas para obtener una ganancia o favor personal?”

“Uh.. Bueno, decirlo de esa manera suena como algo terrible…” dijo Ariana, reflejando su duda.

“Reitero que te hice una pregunta de sí o no. Espero un sí o un no a cambio,” espetó la Srta. Conciencia.

Sintiéndose menospreciada, nuestra niña intentó expresar: “Pero eso no me permite dar más detalles sobre las implicaciones…”

“Shh, shh, por favor. Mantén tus respuestas a un sí o no,” interrumpió la acusadora.

Ariana suspiró brevemente y con una sonrisa seca consintió en los procedimientos.

“Gracias. Repitiendo mi pregunta entonces, ¿alguna vez has manipulado conscientemente a las personas para obtener una ganancia o favor personal?” le cuestionó la dama.

“Creo que podría haberlo hecho…” respondió una dudosa Ariana.

“Ugh, lo tomaré como un sí. Ahora, ¿alguna vez has estado involucrada en situaciones en las que podrías haber ejercido tus privilegios como una mujer blanca y adinerada para servir a los demás pero elegiste no hacerlo?” interrogó la Srta. Conciencia, con un toque extra de malicia.

“Yo… creo…” murmuró Ariana, pero nuevamente fue detenida a mitad de su oración, ya que la intrusiva conciencia le dio un gesto de reprensión.

“Sí, supongo,” admitió ella ante la intimidación.

El público se estremeció en rotundo asombro al salir las palabras de su boca. Todos estaban incrédulos. Inclusive la Srta. Racionalidad, quien mostraba en su expresión amplia decepción.

Por su parte, la Srta. Conciencia estaba emocionada ante tremenda reacción y, sin desear perder el impulso, se mantuvo firme con su intenso interrogatorio, “Interesante. Ahora, debo preguntar, ¿alguna vez has cometido actos de injusticia?”

“Ese argumento es bastante vago,” intentó replicar Ariana. Mas ella se detuvo tan pronto escuchó que la demandante pronunciaba su nombre en busca de una respuesta fija.

“Sí, supongo que sí,” confesó ella en derrota.

Pero la Srta. Conciencia no iba a dar por sentado su cruel viaje de culpa con estas declaraciones, por lo que comenzó a indagar en inquietudes privadas: “Entonces Ariana, ¿a menudo te encuentras desconectada del mundo?”

“Sí, pero como sabes, mi autismo afecta…” dijo nuestra chica.

“Creo que ya tuve suficiente de esa excusa. Gracias,” interrumpió su despiadada conciencia. “Continuando, como tal, ¿eres conocida por ser alguien que tiene un enfoque pesimista de la vida?”

“A veces, pero eso no es algo que define quién soy,” declaró Ariana.

Pero la Srta. Conciencia no iba a aceptar esa clase de respuesta, obligando a que Ariana cumpliese con sus reglas.

“Yo…” intentó objetar Ariana nuevamente, mas al no dominar su mente, se rindió diciendo, “Bien. Sí.”

“Muy bien,” ofreció la dama acusadora entre risas traviesas. “Ahora cuéntanos, ¿disfrutas del autodesprecio?”

“Sí, pero…” expresó Ariana. “Pero nada,” interrumpió su conciencia una vez más, enunciando ferozmente, “tú y yo sabemos lo poco que te valoras a ti misma y lo mal que has actuado contra los demás. ¿O vas a negarlo?”

“Yo… Mira, entiendo tus puntos, pero…” insistió la acusada por medio de sus mansos intentos de defensa.

Sin embargo, el peso de su conciencia era demasiado para ella y, con una disposición desmoralizada, dijo, “no, no lo negaré.”

“Entonces, ¿te declaras culpable de todos los cargos antes mencionados?” preguntó la Srta. Conciencia, saboreando cada parte de su aparente triunfo.

“Sí, soy culpable,” susurró Ariana, indicando que no había forma de oposición.

Todos en la corte no pudieron ocultar su desconcierto. No tenían palabras para manifestar, porque sus expresiones descontentas y sombrías lo decían todo por ellos. Ariana simplemente se sentó en silencio en su silla. Bajó la cabeza. Las lágrimas caían a lo largo de su rostro.

Pero entre tanta queja, la Srta. Conciencia encontró la suficiente fuerza de voluntad en sí misma para proclamar con gran alevosía: “¡Bueno, ahí lo tienen, amigos! ¡Ella es culpable de todo!”

No obstante, justo cuando la jueza estaba por consentir con esta parcialidad consciente, una voz surgió del silencio, diciendo: “Espere, Su Señoría. Si me lo permite, me gustaría ofrecer mi opinión sobre todo esto. Un aspecto que me parece apropiado, si hemos de tener un juicio justo.”

Ariana finalmente se había levantado para pedir que se tomara en cuenta su criterio. El jurado se impresionaba a causa de su valentía.

Mas actuando en el impulso del momento, su conciencia replicó: “¿Cómo es que esperas que escuchemos tus disputas?” Reflejando con sus palabras lo poco que creía en la repentina oleada de confianza de nuestra niña.

“No hay necesidad de ser condescendiente, Srta. Conciencia,” enunció la jueza de forma decidida. “La Srta. Robinson tiene razón. Ella no ha tenido la oportunidad de hablar. Así que ahora escucharemos su defensa.”

“¡Me opongo!” gritó la Srta. Conciencia, claramente exasperada por tan repentino giro de acontecimientos.

“¡Moción rechazada!” dijo la Srta. Racionalidad, utilizando cada sentido de la razón que se encontraba dentro de sí misma. “Srta. Robinson, por favor explique”.

“¡Pero, Su Señoría!” vociferaba la Srta. Conciencia, indispuesta a someterse al imperioso mandato.

Para dicha de Ariana, la jueza era una mujer muy razonable y, desestimando los comentarios de la Srta. Conciencia, dijo: “Hemos escuchado ya suficiente de su hablantía. Ahora, por favor permita que la niña se defienda. Además, ella tiene una retórica muy agradable, de la cual usted podría aprender un poco.”

La dama consciente cayó en un estado de desagrado que rayaba en ira. Sin embargo, ella sabía que no debía comenzar un alboroto. Después de todo, ¿qué podría decir la chica para salvarse? Estaba segura de su incapacidad para perder este caso.

Y así es como, tan humildemente como pudo, Ariana comenzó su discurso: “Gracias, Su Señoría. Hola, entidades en la corte. Creo que todos aquí nos conocemos, pues ustedes representan mis emociones, sentimientos y experiencias. Dado el caso, he de agradecerles primeramente por asistir a este juicio; uno que se ha atrasado desde hace mucho tiempo, pero que llega a buen término al cabo de una larga espera.

“Entiendo que me he declarado culpable de todos los crímenes presentados, pero la forma en que la Srta. Conciencia los ha expuesto no es precisamente correcta. Obviamente ella está haciendo declaraciones generales sobre diversos asuntos sin tomar en cuenta el contexto y la intención detrás de cada uno de ellos.”

“¡Objeción!” exclamó su conciencia. “¡Rechazada!” respondió la Srta. Racionalidad, “y por favor, deje de interrumpir. Puede proceder, Srta. Robinson.”

“Gracias, Su Señoría,” expresó Ariana, “así que, retomando mi discurso, no estoy tratando de excusarme ni de dar lástima por las transgresiones que he cometido. Creo que hacerlo es irresponsable y descuidado. Mas, si hemos de continuar este juicio, debemos considerar la profundidad detrás de cada acción y pensamiento que he tenido hasta ahora. Porque solo al hacerlo podemos evaluar completamente si hay razones para que me sienta culpable o no, al igual que motivos para sentir o no orgullo de quién soy y de lo que represento como persona.

“Ahora bien, la corrupción personal que he enfrentado ha sido una batalla de dos décadas conmigo misma y mis impulsos. Sin mencionar los muchos procesos que ocurren en mi cerebro que afectan mis respuestas mentales y conductuales, dado que estos me obligan a entrar en un estado reactivo que carece de agencia. Y siendo así, ha sido durante la mayoría de estas instancias que hice que otros sintieran respuestas emocionales negativas. Aunque si admito que en algunos casos he tenido la culpa de dichas sensibilidades.

“En cuanto a los aspectos más personales y las opiniones que tengo sobre mí misma, creo que la mayoría, si no todas, las personas enfrentan inseguridades y opiniones que nublan su juicio introspectivo del ser. Mas esto se debe a que no tenemos una identidad de ser completamente formada que cumpla con la imagen que queremos retratar al mundo de nosotros mismos. Y al menos creo que luchar por eso no debería ser el objetivo final de nadie. Después de todo, nos mantenemos en constante cambio, incluso si creemos que estamos siguiendo los mismos pasos a diario.

“Y ciertamente soy consciente de este esquema en particular, dados los muchos eventos por los que he pasado. Y sí, lamento algunos actos que he realizado, pero, en última instancia, mi vida no ha sido de arrepentimiento, sino de felicidad. Mas no podría decir que tal felicidad equivale a una sensación de orgullo en mí misma.

“Y ahí es donde radica mi punto en relación con los asuntos aquí discutidos. No puedo enorgullecerme de mí, porque nunca sabré quién soy, incluso si hago todo lo posible para determinar mi identidad. Pero, si he de enorgullecerme de algo, me enorgulleceré de ser, porque eso es lo que hace mi aquí y ahora y las cosas que estoy haciendo y el ser humano en el que me estoy convirtiendo.

“Reconozco que soy una persona llena de fallas, pero también diré que soy alguien que tiene sus virtudes. En consecuencia, simplemente soy al tiempo en que dejo ser. Y, pese a tener un largo camino por recorrer en materia de ser, ¿qué acaso no lo tenemos todos también? Al fin y al cabo, en el centro de nuestra humanidad, sabemos que nunca seremos piezas completas de perfección humanista. Optando, en cambio, por ser simplemente humanos, con toda la bondad y los contratiempos que dicha humanidad conlleva.”

Una vez más estaba la multitud en silencio. Mas esto no perduraría porque, lenta pero seguramente, cada uno de los sentidos, emociones y sentimientos, así como las experiencias y las memorias, se levantaron y comenzaron a aplaudir. Y en sus aplausos, vitorearon y en sus vítores se regocijaron. Sabían que finalmente Ariana se había dado cuenta de su verdad.

No obstante, la Srta. Conciencia se sentía molesta y, dando un gran suspiro y un giro a sus ojos, preguntó: “Ugh, ¿realmente vamos a aceptar esta excusa abiertamente sentimental de respuesta?”

“Sí,” admitió la Srta. Racionalidad, sollozando. El discurso de Ariana claramente había tocado un acorde o dos en ella.

“Espera, ¿qué?” manifestó la Srta. Conciencia, “eso simplemente no puede ser. ¡Ella misma admitió que es culpable! Y…”

“Silencio, Srta. Conciencia y todos en la sala”, expresó la jueza mientras recuperaba la compostura, diciendo al cabo de la alharaca: “Gracias. Ahora, Ariana querida, debo decir que eso fue muy hermoso. Mas no puedo ofrecer un juicio antes de los procedimientos del jurado. Así que la Srta. Autoconciencia, como representante del jurado, ha de hablar cuando esté lista.”

Y así surgió la Srta. Autoconciencia, una dama que lucía muy amable al tiempo en que portaba un par de gafas inusuales. Ella aclaró un poquitico su garganta para luego decir: “Gracias, Su Señoría. El jurado ha encontrado a la acusada culpable de todos los cargos.” Ante la mención de estas palabras, la Srta. Conciencia ofreció una sonrisa victoriosa. Mas el veredicto aún no se había establecido, ya que la Srta. Autoconciencia todavía tenía un poco más que decir.

Continuando, como tal, declaró, “sin embargo, el jurado admite que ninguno de sus delitos merece una sentencia, dado que todos ellos fueron cometidos a favor del crecimiento personal de la Srta. Robinson. Por tanto, este jurado cree que ella debe ser absuelta de todos y cada uno de los cargos.”

“Pero …” expresó la Srta. Consciencia a manera de objeción, solo para ser detenida por la Srta. Racionalidad al decir: “No hay peros. Muchas gracias, Srta. Autoconciencia. Y debo decir que estoy de acuerdo con el jurado. Ergo, este tribunal absuelve a la Sra. Robinson de cualquier sentencia.” Y golpeando firmemente su martillo, dio por terminado el juicio en contra de Ariana.

Todos los presentes comenzaron a celebrar con muchos gritos de hurra y un poco del vino traído por la buena Srta. Impulso. Todos menos la Srta. Conciencia se sentían felices por el resultado.

Sin embargo, tan sensible como era Ariana, ella se dio cuenta de los sentimientos de su conciencia y, caminando directamente hacia ella, le dijo: “Entiendo por qué decidiste comenzar este juicio. Y es una causa noble la que persigues. Pero las dos sabemos lo difícil que ha sido para nosotras todo este asunto de ‘vivir’. Y la verdad es que, durante mucho tiempo, hemos juzgado quiénes somos con dureza; mas ahora creo que es mejor para ambas aceptar que las cosas han estado y estarán bien sin importar que.”

“Sí, creo que tienes razón. Somos un equipo, después de todo, y pelear una en contra de la otra no ayudará a resolver nada,” le afirmo la Srta. Conciencia, dando paso a su negada calidez.

Ariana sonrió ante tal acto y ofreció en respuesta: “Sí, mi querida conciencia.” Fue entonces que se tomaron de la mano y juntas se alejaron siguiendo la línea del horizonte, donde los reinos abstractos que solo la mente es capaz de imaginar yacen sin descubrir.

Fin.

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